Reincidencia

Acantilado - escribo

¡Maldita sea, otra vez! De puntillas al borde del precipicio, de espaldas, con las manos atadas por mí misma, los ojos vendados por mis propias manos, el corazón a cien por hora, la mente vacía como el fondo del abismo e imaginando que escucho unas olas de un mar que no va a amortiguar mi caída porque no existe.

Testificaré a mi favor, con todos los argumentos posibles. Diré que sí, que fui yo, que sabía que me iba a enamorar de ti, que no era un polvo y ya está, sabía que ibas a desaparecer a volatilizarte como otras veces, que, de nuevo, iba a sentir demasiado, pero el precipicio supone una adrenalina que me produce adicción.

No pienso en la forma de saltar, porque será un salto mortal. Otro más. ¿Cuántas veces se tiene que morir hasta morir? Desnudo mi alma, como todas las veces, en el momento en que cae la ropa de mi cuerpo, rendida en el suelo. No aprendo, nunca.

Habrá un juicio, con una demanda, una contestación, una vista de juicio, varios testigos que me avisaron de lo que iba a pasar y me defenderé contra todas las acusaciones diciendo que pensé que sería distinto. Soy reincidente. ¿Cuando se hacen las cosas iguales puede haber un perjuicio distinto? No. El perjuicio es siempre un trozo menos de corazón, amputado con palabras que no son fieles a los hechos.

Un paso más y caigo, sin remedio, me tapo los oídos para no escuchar nada más, para no recordar cuando me dijiste que no querías nada serio. Obvié que dejar que alguien entre en mi cuerpo siempre es serio.

 

 

 

 

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