Procesión incolora

Maleta

Una pastilla, solo una, que mate al corazón, que lo detenga de una vez para dejar de sentir un hueco de hielo.

Camina contra una corriente de gente en sentido contrario, que le hace sentirse insignificante, pequeño, absurdo, con un traje que ya no combina con su corbata ni con su cara. Nadie le mira, todos empujan, hombro contra hombro, bolso contra brazo, personas que son absorbidas por una pantalla y viven en otros mundos, personas con traje o con tacones que son autómatas y hunden en túneles que se los tragan sin piedad. “No te vayas, por favor. Haré lo que sea.” Su corazón latiendo como si palpitara en los oídos, como si la respiración y los latidos procedieran de un mismo órgano. De lo que sucede fuera sólo escucha un sonido alejado, algo oscuro y denso rodea su cabeza para aislarle del ruido, una cabeza cubierta como todas las demás, pero por otro motivo. La gente camina sin ver, con rostros anónimos y de sonrisas evaporadas. “Luego hablamos, cuando vuelva a casa. Espérame.” Siente que las cosas se han parado o que funcionan a un ritmo lento, incluso las conversaciones son solo una deformación de palabras que no entiende.

Siempre pensó en que eran necesarias unas pastillas para cuando alguien te arranca el corazón del pecho y lo aplasta con sus manos, asesinándote con palabras, mientras te quedas mirando con cara de estúpido, sin poder abrir la boca porque ya no sale ningún sonido, porque ya no vale un “por favor” agónico. El corazón sigue moviéndose humeante mientras desciende el ritmo de los latidos y llora pequeñas gotas de sangre, que son las mismas gotas que humean por su mejilla. “Ahora no.”

Una sola pastilla para que todo se vuelva estático y anónimo, para que no importe que sus vestidos de gasa y florecitas sigan colgados en el armario, que las sábanas huelan a la última noche y a su perfume de vainilla, que los libros de los dos se acaricien sin querer, que las fotos de los dos miren sosteniendo una sonrisa que ha muerto debajo de las gotas de sangre de su corazón. “Dime cómo podemos arreglarlo, no sé qué te pasa.” Hay pastillas para el dolor de cabeza, de oído, cremas para calmar lo que quema, pero no hay nada que fulmine los sentimientos, que los destroce y los tire al vertedero de los recuerdos.

Nadie se para a pensar qué es lo que él siente, nadie ve el hueco que existe donde antes había algo que se movía rítmicamente y que le daba vida. “¿Qué quiere decir que hace tiempo que ya no me quieres? ¿Hay otra persona?” Él también camina, pero lo hace despacio sin saber dónde se puede ir cuando te falta una parte de tu cuerpo, cuando algo ha muerto y buscas en las caras que vienen de frente un rasgo conocido, un rostro que te sonría, pero son todas iguales, blancas, anodinas. No son ella.

Unos pequeños hilos transparentes y salados se arrojan por el perfil de sus ojos, pero no se llevan el dolor, sólo tiran la pena sobre la acera para que otros la pisen, sin piedad. “¡Háblame! ¡Responde! ¡No soporto tu silencio!” Sube escaleras, baja de trenes, atraviesa calles, asciende al cielo, escribe informes, y al morir la tarde el ciclo se cierra, pero sus sentimientos se escapan sin permiso, las gotas se persiguen una a otras, en una procesión incolora.

La casa a la que llega ya no la siente como suya, porque el binomio ha desaparecido, aunque las cosas no se hayan enterado y siga habiendo dos vasos, dos cubiertos y dos platos encima de la mesa.

Parece que al día siguiente será menos el dolor, que el corazón se curará como si el sueño fuera una pastilla que drogue un sentimiento insomne. “¿No nos vamos a volver a ver?” Pero el sueño sólo apacigua por unas horas el hueco del pecho, porque está invadido de irrealidad dual, con dos toallas, dos almohadas, dos cuerpos. El despertar hiere cada día, como un bisturí de sol que de nuevo disecciona a la perfección sus entrañas, al colocar dos tazas en la mesa. Se abre el círculo de subidas, bajadas, trenes, calles; y se cierra de la misma forma, sin pastillas. No hay más, sólo esa sensación de ir contracorriente porque el ritmo de las cosas no se acompasa al ritmo del corazón que ya no siente. Las lágrimas devuelven una imagen de espejo distorsionado para no ver un mundo en el que sigue habiendo un agujero en el centro de su cuerpo, en el que falta algo que no va a volver, en el que ya no hay dos nombres sino uno. “Adiós.”

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