Matar al deseo

Teléfono rojo

Estiró los brazos en cruz para llenar todo el espacio de la cama, dormir en el centro era algo a lo que se tendría que acostumbrar, solo. Oscuridad atravesada por pequeñas elipses blancas que dejan una estela, se colocan en orden sobre la pared y se van moviendo a lo largo de la madrugada. Abrió un poco más los ojos, el teléfono no había vuelto a sonar, y el cable rojo demasiado largo, enroscado sobre sí mismo colgaba hasta el suelo, enredando voces que ya no llegaban a sus oídos. Notó que algo le acariciaba, algo cálido.

– Hola, otra vez.
– Tócate – Sus labios se arquearon ligeramente con una mezcla de picardía y malicia, y le miró saludando con un golpe rápido de pestañas.
– Esta noche no. – Pero ella no le escuchó y ya estaba sentada sobre su cuerpo. Pudo notar el calor de sus piernas abiertas traspasar la sábana.
– Imagina que te acaricio yo – Alargó sus dedos hacía él. Eran delgados y sintió cómo le rozaban levemente los párpados cerrados haciendo una línea sobre ellos.
– Sabes que te deseo, pero no quiero caer otra vez.
– No es caer, es hacer lo que quieres hacer, es sentir, es el calor de tu piel contra la mía.
– Basta.
– ¡Hazlo! Lo deseas, es incontrolable, lo sabes y no vas a poder parar. Quieres follarme.
– Lo que quiero es que desaparezcas de mi cama de una puta vez
– Todas las noches me llamas tú, acostúmbrate a mi presencia, estoy aquí porque tú quieres. – Mientras decía eso metió una de sus manos debajo de la sábana.
– No me gustas, te odio, me das asco. Vete ya. Llevas toda la vida jodiéndome.
– Mientes fatal, lo veo en tus pupilas. – Su mano ya se movía rítmicamente y pudo notar la humedad.
– Me da igual lo que pienses, solo quiero estar tranquilo, disfrutar de mi vida, llorar y dejar de hacerme pajas pensando en ti. Te odio, te odio, mucho más de lo que puedas imaginar.
– Abre la boca y dame un beso, pero un beso con toda tu furia, con todo lo que quieres arrancarme. – No le dio tiempo a reaccionar y ya había dos lenguas que se empujaban una a otra, como en una batalla de roces y caricias húmedas, de ropa arrancada y tirada, de olor a sexo y a deseo.
– Eres una zorra de mierda, no quiero. – Dejó de besarla apoyando sus brazos extendidos sobre ella para crear una distancia, pero ella perseguía su cuello y mordía las yemas de sus dedos, mientras retiraba la sábana que les separaba. Estaba desnuda sobre él, redonda, blanca, luminosa, con un torrente negro cayendo por su espalda y enmarcando ese rostro que él deseaba destrozar y besar. El cable rojo se movía con las sacudidas de la cama contra la pared.
– Vendré cada noche.
– Haz lo que quieras, pero desaparece ya.- Ella se movía despacio, y el cuerpo de él parecía una pieza más, el engranaje perfecto, no podía ser otro. Tocó sus pechos, la dio la vuelta y la follo de espaldas.
– ¡Eres una jodida zorra!
– ¡Puto cabrón!
Un último empujón y todo dejó de tener sentido. Algo helador les alejó y ya no había lenguas envistiéndose ni cuerpos apretándose. Sólo dos trozos de cuero tendidos, sudados por un deseo que se deslizaba hacia las sábanas para empaparlas. Un olor de cuerpos recién follados.
– Déjame en paz. No quiero verte, ni siquiera me gustas, no me atraes, no te quiero.
– Deja ya de quejarte, te ha gustado. Mañana volveré para que no te olvides de mi. – El nudo de cuerpos ya estaba deshecho y él sintió ligereza.
– No te quiero ver más ya te lo he dicho, olvídame, no te quiero sentir, no te quiero invocar, vete a otras camas, fóllate otros cuerpos y no vuelvas. Tu tacto me repugna, lo haces aposta, eres una diosa con toda tu perversidad escondida tras tu sexo, entre tus piernas. Te he dicho muchas veces que no vuelvas y todas las noches estás aquí, mi compañera, amada y odiada, follada, deseada. Es una puta locura sin sentido. Tú no eres ella, ella es a quien quiero follarme, no a ti. A ti ya te conozco y te odio. Me dan náuseas tus palabras tus idioteces, tus piernas y tu boca. Tu aliento es de loca, tu cuerpo de puta. No es a ti a quien quiero en mi cama. No es a ti. Estoy harto de hablar solo.

Un cable rojo alrededor de su cuello, sin voces.

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