Elección

cruz

-¿Te acuerdas cuando te conté que de pequeña quería ser monja?

– Sí.

Algo denso y oscuro, nos envolvió. La última nube de dudas. Me miraste sin creer, sin darte cuenta de que era yo la que pronunciaba lo que ya se había convertido en un hueco enorme entre nuestras manos. Recé por cada lágrima tuya y mía formando un rosario salado y blanco.

Lo sabía, hacía meses, hacía años, quizás lo supe desde el principio. ¿Cuál era el principio?  Elegir. Elegir entre él y Dios. Entre el sexo y la castidad, entre las caricias y las oraciones, entre las locuras y la obediencia.

Laudes y Hora del Tercio, te deseo, éxtasis mientras rezo.

El último amanecer desnuda contigo. El último beso. El último abrazo. La última mirada. La última caricia. Caminé por la gravilla, de tu mano, bajo tu brazo, un paso tras otro hacia mi elección. La última vez. ¿El último “te quiero”? El último momento contigo. Todo empañado de gris y negro, inundado de agua salada.

-Te quiero mucho.

-Y yo a ti.

-Reza por mí.

-Ya sabes que no rezo.

– Hazlo por mí, un poco, alguna vez.

– Lo haré. ¿Y si no nos volvemos a ver?

– No digas eso, por favor. Te quiero, no lo olvides. No sé qué voy a hacer sin ti.

Varias mujeres vestidas de gris me rodearon, sonrisas, abrazos, bienvenidas, no te podía ver entre las ropas y los velos. Me llevaron dentro del edificio, olía a incienso, a ropa limpia y a paz. Corazón a pedazos y pleno de alegría a la vez. Había otras chicas, como yo. Le habían escuchado y estaban ahí.

Desayuno y quehaceres diarios, te quiero besar, le quiero rezar.

Nos pidieron el móvil, algo terrenal e innecesario dijeron. Se los ofrecieron como una ofrenda, dentro de una caja dorada, a sus pies clavados y enredados en hilos rojos. Ya no te podía escribir, ya no podía arrancarme el corazón y ponerlo en un mensaje para decirte te quiero. Solo podía rezar y pensar. Si agitaba mi corazón sonaban los trozos, si pensaba en el futuro divino, mi corazón crecía, resplandecía.

Me quité la ropa, los pendientes y el maquillaje. Me sentí más desnuda que en tu cama. Me puse la camisa blanca, la falda negra por debajo de la rodilla, la rebeca beige, las medias negras y los mocasines planos. Lloré recordando mi armario lleno de camisas azules, verdes, mi pintalabios rojo. Cada lágrima era un beso que no te volvería a dar, que huiría entre los recovecos de mi cara, cada gota era un sacrificio elegido y aceptado.

Angelus, Hora Sexta y Rosario, tu cuerpo encima de mí, éxtasis de cuerpos. Rezar, orgasmo divino.

Todas las noches te recordaba. En ese sueño con disfraz de recuerdo, te cogía de la mano y sabía que quizás sería la última vez, tu todavía no conocías mi elección, yo tampoco. Tu imagen se desdibujaba, sin querer, entre el humo de velas y el sonido sordo de los pasos de las telas grises por el pasillo.

Caballos tirando de mi a un lado y a otro. Dos caballos tiran de un brazo hacia Dios, dos caballos tiran del otro brazo hacia ti. ¿El bien y el mal? Te quiero, os quiero.

-¿Quién es? ¿Es tu hermano?

-No, es mi novio.

-Eres muy valiente niña.

Vísperas y Oficio de Lecturas, tu dentro de mi. Su voz en mi interior, excitación de los sentidos.

¿Quiero estar contigo o ser su esposa para siempre? Os quiero a los dos en mi vida. Caballos que tiran de mi, grises que me rodean, cuentas en mis manos y palabras susurrados por mis labios para no escuchar pasar los segundos.

Noches de piel y hueso, de rezos y cuentas. De sexo, de sexo.

¿Cuánto tiempo tarda en desaparecer el dolor de todos los ”últimos”? La última cena, la última noche, el último día, la última comida, la última mirada, la última caricia, la última vez bajo tu cuerpo.

La última elección, le elijo a Él, a él.

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