Carta a Álvaro.

El olor a flores de un jardín cercano ha dibujado con trazos delicados tu imagen en mi mente como si fuera una acuarela de colores pastel y perfiles difuminados. Siento la caricia en mi rostros del suave aroma de una orquídea y mis recuerdos dormidos han alzado su voz para derramarse como un torrente de imágenes que ha inundado el espacio que se encuentra a mi alrededor. He sentido como tus dedos entrelazados con la suave brisa que proviene del mar acariciaban mi pelo, como las olas me susurraban tus palabras al oído, como el espejo de un lago cercano reflejaba tu imagen, y he sentido como el suave sonido de un violín revolotea por mis oídos.
Un océano de arena y agua nos separa y te siento cercano, porque he logrado desentrañar tu mensaje, ahora sé que lo que pretendías era enseñarme que el regalo soy yo misma, que cada día de mi existencia debo abrir mi mente y mirar atentamente el mundo y todo lo que hay en él, que debo sentir el latido de la vida que hay en mí. Y la primavera ha llegado a mi existencia, el frio me ha abandonado, siento una ligera distancia entre el suelo y mis pies, y los sueños me guían caprichosos. Las personas y los paisajes se deslizan despacio a mi alrededor y soy capaz de percibir el movimiento de esa mariposa de alas azules que se acerca a mi mano, oler el suave perfume de la espuma de las olas lejanas del mar, sentir como cada pequeña gota de humedad proveniente del agua empapa mi pelo y penetra por cada poro de mi piel.
He dado rienda suelta al destino y me ha traido a esta ciudad, con la que alguna vez soñé, o tal vez no, y ahora desde un mirador en lo alto de una colina puedo ver a los barcos mecerse lentamente por el Bósforo, los minaretes que cortan el cielo junto a las mezquitas azules y blancas, el harén de las princesas despiertas y cautivas, la cisterna y su medusa invertida.
Y mientras el dulce té resbala por el interior de mi cuerpo, siento como me acarician tus palabras, como poco a poco alertan a mis sentidos y los abren a todo lo que se mueve alrededor.
Ahora sé que nuestro encuentro, fue un aprendizaje, un encuentro conmigo misma, y aunque sentí la ansiedad de conocerte, ahora desde la calma y la distancia tengo la certeza de que he aprendido lo que querías enseñarme y sé que debo seguir conociéndome y aprendiendo a tomarme el tiempo necesario para poder enamorarme.
Sin embargo, en algunos momentos mis latidos traicionan a mi razón y se aceleran cuando tu imagen invade mi mente, y pienso como sería el calor de tu mano en la mía caminando juntos por la antigua Costantinopla, como respiraríamos el mismo aroma a agua salada, como nos sentaríamos en un mirador hacia el Mar de Mármara y cruzaríamos nuestras miradas mientras el olor a té y a flores invade el espacio que nos separa, como sería perdernos en el Gran Bazar entre millones de baratijas y tesoros. Y en el momento en el que mis sentimientos se enredan, tu mano invisible deshace el delicado nudo y cada sensación vuelve a su lugar en el hueco de mis latidos.
Álvaro, vigila mis enredos y sigue deshaciéndolos cuando me confundan, estarás conmigo y sin mí.

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