Aránzazu Alvaro

Escritora, redactora y blogger

Luna de miel

Posted by on dic 6, 2016

Lu

 

Abrió los ojos. Deseaba morir y no recordaba por qué. Miró hacia la mesilla de contrachapado blanco que había junto a la cama, tratando de recordar qué había ocurrido la noche anterior y vio la pipa transparente con restos oscuros. Notó la boca seca.

Al mirar por la ventana sin persiana y sin cortina, vio el cielo nuboso y los tejados rojos de Madrid entre la bruma del río y la polución. Un cormorán se había posado en el alfeizar de la ventana y parecía distraído. Se incorporó en la cama revuelta, apartó las sábanas que hacía tiempo que no cambiaba y puso los pies en el suelo de parquet ennegrecido tambaleándose un poco. Su ropa era la misma desde hacía días, unos vaqueros y una camiseta de Janis Joplin negra. Caminó hacia el baño como un zombi y se miró al espejo roto de encima del lavabo, vio su cara algo sonrojada, sus ojos cruzados por pequeñas venas y se dio cuenta de que necesitaba afeitarse. Le daba igual, ya todo le daba igual, solo quería otra luna de miel.

Se tumbó en la cama de nuevo y mientras miraba al techo de gotelet con humedades, sintió el calor de una pequeña lágrima que rodeó su cara hasta su nuca. Como en una película la vio tumbada a su lado, en esa cama de noventa en la que se habían colocado y follado miles de veces. La vio sonreír, con sus mejillas rosas y su pelo rubio y rizado esparcido por la almohada.

– Estoy de puta madre contigo. – Dice y le estrecha con un brazo poblado de dragones rojos, verdes, amarillos.

– Tía, que yo te quiero de verdad. ¡Eres mi jodida novia! – La besa con fuerza entre los rizos.

-¡Te quiero la hostia y me flipa follar contigo!

-¡Tenemos que dejar esta mierda!

-Joder, una vez más cariño, un puto último viaje para celebrar ese polvo de puta madre que echamos anoche y lo dejamos. — Alarga la mano y coge la goma que hay encima de la sábana, la jeringuilla llena de un líquido marrón que le pasa él y sigue el camino azul de su propio brazo sorteando los puntos rojos. Un cormorán vuela hacia la oscuridad de la noche.

Dejó la película en stand by. Llegaba tarde al trabajo, como todos los días. El de vendedor en McDonnals era el tercer empleo en un mes.  Se levantó de nuevo, se arregló un poco el pelo, se puso las Converse rojas, cerró la puerta y bajó las escaleras escuchando gritos de parejas y oliendo a sopa de la vecina del tercero.

Caminaba muy deprisa, mirando al suelo y viendo los cordones blancos de sus zapatillas alternarse y avanzar. Escuchó a los cormoranes cuando pasó junto al río mientras se hundían para pescar y se dejó engullir por el metro. No se podía entrar en los vagones, la gente empujaba, hacía calor y era imposible moverse. Solo quería colocarse otra vez y olvidar. Play.

-¿Oye, estás bien? – Le dice a dos milímetros de los rizos rubios. – ¡Tía dime algo joder! ¡No me hagas esto cojones!

Pause. Salió del metro y durante ocho horas sólo cobró y sirvió hamburguesas, como un autómata, con la camiseta negra bajo la camisa amarilla para tapar sus brazos delgados y agujereados. Nunca comía ni en el trabajo ni fuera de él, no tenía hambre. Al volver a casa otra vez vagones llenos de gente, de calor y de humedad. Deseaba volver al eterno gotelet del techo. The end.

La agita. Le quita la goma que aprieta a los dragones del brazo. Se da cuenta de que han cambiado de color, parecen más oscuros. Se da la vuelta, coge una cucharilla, echa el polvo blanco, pone el mechero debajo y lo hace hervir. La jeringuilla absorbe el líquido y lo escupe en sus venas. Se tumba junto a ella, la abraza para transmitirle calor y ya no piensa más.

Recuerda una camilla. A un lado un brazo en el que unos dragones azules parecen estar diluyéndose en una piel cada vez más blanca y fría. Sabe que ya no hay novios, ni viajes, solo le queda la luna de miel.

Ajustó la goma en su brazo.

Una bandada de cormoranes alzó el vuelo desde la orilla del río, atravesó un cielo azul claro, se extendió, moviéndose como en un baile orquestado por el viento. Parecían una red de puntos negros unidos por hilos invisibles que ondeaba como una bandera al viento. Los cormoranes disminuyeron la distancia entre ellos, la red de cuerpos con alas se hizo más densa y se convirtió en una tela negra que tapaba la luz. De repente desaparecieron como si fueran un único cuerpo que huye. La brisa soplaba cada vez más lenta, hasta que se calmó.

 

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