Aránzazu Alvaro

Escritora, redactora y blogger

Annual

Posted by on jul 12, 2016

desierto

 

– Cuéntame otra vez la historia.

Me mira bajo su moño blanco, con su mano derecha con dos alianzas, sobre las fotos amarillentas y diluidas en antiguas lágrimas.

 

-Si los moros entran en la ciudad, mata a los niños y luego mátate tú.

-¿Cómo voy a hacer eso?

-Te he dicho que lo hagas. No tenemos opción. Si os capturan será mucho peor. Dicen que les arrancan los dientes a los prisioneros y que violan a las mujeres.

Al alba tuvo lugar la última reunión de oficiales en la que se decidía salir hacia la muerte o dejar que la muerte los alcanzara. Las dudas se despejaron cuando llegó la noticia de que se acercaban dos mil hombres del ejército enemigo y la suerte estaba echada.

El capitán miró a sus hombres, blancos por el polvo del desierto, cubiertos de miseria, de sed y recordó la piel de su joven esposa, cálida entre las sábanas, con olor a jabón. Luego miró sus botas, que eran simples suelas de esparto cubiertas de tela marrón y atadas a las piernas con cuerdas, sus pantalones con manchas resecas de sangre y las heridas en las manos y en los brazos. Alguna vez sueña con beber agua, con un baño largo en agua caliente y limpia.

Han dado órdenes de socorrer a los soldados sitiados y setenta y seis mulas salen de la ciudad con municiones, víveres y diez cubas de agua. Las acompañan una columna de tropas regulares, de hombres vestidos con harapos marrones y zapatos de esparto. A la cabeza el capitán Romero y el teniente Carvajal. El convoy huele a cuerpos descompuestos y sus ojos miran hipnotizados el horizonte que se divide en dos por una franja que vibra entre las dunas y el cielo.

-Os quiero mucho, recordadlo siempre. Si ocurre algo, cuidad de vuestra madre.

Algunas noches el capitán Vallés recuerda a sus hijos mientras observa la oscuridad del desierto iluminado por miles de estrellas. María, Ana y Juan. María de tres años, no le recordará, será para ella un fantasma con el que no habrá jugado a esconderse, ni la habrá castigado u obligado a comer algo que no le gusta. Al que nunca verá envejecer y desaparecer bajo la tierra. Ana y Juan, de nueve y diez años, sabrán quién fue su padre, un héroe militar que pasaba largas temporadas fuera de casa y al que recibían con besos y abrazos, con el jugaban a las batallas y quien les arropaba antes de dormir. Años después su madre les contará la historia del capitán Vallés también a sus nietos. Le recordarán como un gran héroe que luchó por su país y dejó viuda y tres hijos. Les hablará de sus medallas. Un héroe al que dejaron muerto dos meses al sol en el desierto. Puede que ella rehaga su vida, es muy joven y es hija de un teniente coronel, ha aprendido a sobrevivir y a no rendirse. Con el tiempo encontrará a un marido, quizás otro militar que la acompañe el resto de su vida y cuide de sus hijos.

Las mulas avanzan despacio, huelen el aire que desplazan las balas que todavía no escuchan. El calor del día absorbe la moral de los soldados y su piel se parece cada vez más a la tierra que pisan. Las grietas dejan huellas en sus labios, oscuras rendijas en sus almas, con el miedo al fondo. El convoy se mueve hacia delante casi por inercia y su sombra se derrite entre colinas de arena con ondas que se parecen a las del fondo del mar.

Dos meses después del Desastre, llegaron carretas a la ciudad con cuerpos de uniforme inertes y ella corrió cada día detrás de cada una de ellas buscando algo dorado alrededor de un dedo familiar, un rostro demacrado y azul que se pareciera al capitán. Nunca imaginó que fuera a ser viuda y con tres hijos en una ciudad extraña.

El capitán Vallés pensó que todos iban hacia su fin. Abrió las puertas de su posición, tal y como le habían ordenado y les dijo a sus soldados que corrieran. No tenían elección, ya habían perdido a treinta hombres por el hambre y la sed. Las balas sonaron como pequeños silbidos cerca de sus oídos, para impactar en un silencio seco en cuerpos que caían al sol, como si se hubieran colocado en hileras al borde de un precipicio para ser ajusticiados. El Capitán Vallés corre como los demás, piensa en la piel de su mujer, en sus hijos jugando y siente ese impacto silencioso mientras grita.

Ninguna de esas caras azules surcadas de sangre le era familiar. No reconocía un rostro redondo de ojos dorados. ¿Pero como serían sus ojos ahora? Corría detrás de cada carro, descalza, notando el calor del miedo húmedo por las mejillas. Cuando el carro paraba, su mirada se detenía un segundo en cada rostro, buscando algo dorado en las pupilas o en una mano.

El convoy entró en el fortín, menos una mula, que por terca se quedó fuera. La mayor parte de las cubas se habían roto por las balas enemigas y la única que quedaba fue el último trago de agua que recibieron los soldados.

El capitán Vallé recibió la orden de partir y su sentido del deber junto a la pasión por lo que hacía pesó más que cualquier otra cosa. Más que las palabras de su esposa.

-Por favor, vuelve.

Lo vio. Ya no era él, pero sí lo era. Envuelto en mantas despedía un hedor insoportable. El dorado debía haber desaparecido de sus ojos ya cerrados, pero no de su mano, que sobresalía por un extremo de la manta.  El pelo de ella cambió de color y se puso blanco. Su cuerpo se encorvó y sus ojos ya no volvieron a mirar de forma nítida, sino a través de una cortina transparente que se parecía al horizonte del desierto. Sacó la alianza de la mano de él y se la puso en su mano derecha sobre la suya.

Una sola mula seguía caminando con sangre en sus patas, en su lomo, encima de sus ojos. La cuba de agua estaba rota y la mula lamió unas gotas que cayeron sobre la arena. Una mosca merodeó su boca buscando la humedad y la atrapó con su lengua. Tuvo que rodear a los cuerpos vacíos de vida.

“Capitán Vallés muerto gloriosamente en Monte Arruit en julio de 1921”. Una frase esculpida sobre piedra era lo único que quedó. Un reconocimiento de oro a cuerpos quemados al sol. Ella no pudo derramar ni una lágrima, ya se le habían agotado. Un mes después abandonó la ciudad amurallada con sus hijos camino de Madrid. Debía recordar toda la historia para contársela a sus hijos cuando fueran más mayores y a sus nietos. Comenzaría a escribirla cuando su mirada recobrara la nitidez o quizás le pediría a sus descendientes que la escribieran.

La mula siguió caminando en círculo y un día atravesó la puerta de la ciudad amurallada junto con una carreta con varios miles de botas de esparto de los soldados. Sus ojos de espanto no veían, solo parecían tener un objetivo. Su instinto animal la llevó a su cuadra y bebió agua del abrevadero durante casi diez minutos seguidos. Un soldado se acercó al verla cubierta de sangre, pero la mula lanzó una coz con toda la fuerza que le quedaba y rompió la puerta del establo.

-No volveremos a pisar esta tierra maldita y seca. Despediros de vuestro padre.

La mula había conocido el horror y no permitió que ningún hombre se le acercara. Comía y bebía mientras movía las patas muy deprisa, a punto de lanzar una coz a cada segundo. La relegaron de sus funciones como precio a su valentía y pasó el resto de sus días en el establo, puesto que no confiaba en lo que había fuera, ni en lo que pudiera pasar. Dos marcas negras acharoladas en su lomo, que no podía ver, pero sí sentir, le recordaban su travesía al filo de la vida.

El barco se alejó despacio de un continente a otro dejando una estela blanca como un velo sobre el mar que se abría a medida que se alejaba para acabar desapareciendo detrás de la bruma. Cuando estaba en el centro del estrecho de Gibraltar, ya nadie miró hacia atrás, todos miraron hacia delante, dejando el horror enterrado bajo aquella tierra seca. El sol desaparecía bajo un mar dorado.

 

Siempre me impresiona ver a una anciana de casi ochenta años hablar con tanto amor y dolor de algo que ha ocurrido hace más de siete décadas. No puedo apartar la mirada de las dos alianzas de su mano derecha, que acaricia con su otra mano.

– Esta noche he vuelto a soñar con África.

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2 Comments

  1. Magnífico relato.
    Excpresión y sentimiento por aquel desastre que dejó doce mil cadáveres hace ya noventa y cinco años (21 de julio de 1921) y que tal vez le costó a un rey su corona.

    • Imagen de perfil de Aránzazu Alvaro

      Muchas gracias. Me alegro de que te haya gustado. Para mi es una historia muy real porque mi bisabuelo fue uno de los capitanes que murió allí.

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